Expresionismo y planismo en Uruguay

Ignacio Iturria Pintor Uruguayo considerado entre los Expresionistas

Ignacio Iturria:

Su mundo está acotado entre las cuatro paredes de una suerte de desván proyectivo del espíritu

Picasso fumaba los cigarrillos hasta que se convertían en largas cenizas que sostenía entre sus dedos casi hasta quemarse. Él y su cajilla de Gitanos aparecen como una única entidad en buena parte de las fotografías que le tomaron en vida. Y es esa imagen la que quedó grabada en la retina de Ignacio Iturria (62), y que vuelve a su mente cada vez que, en la intimidad de su taller, enciende un cigarro. Al igual que el maestro del cubismo, el artista uruguayo no usa cenicero y las colillas van cayendo una tras otra al suelo, transformándose en un elemento más de su universo. “Tiene que ver con la imitación. Primero creas un ídolo y después lo emulas, hasta ir creando un cuerpo propio”, justifica. Es su único vicio, aclara, en una forma de vivir que él eligió y de la que no se arrepiente. “Cuando empecé me importaba mucho no sólo ver cómo pintaban los artistas, sino también cómo vivían, cómo era su casa, cómo se vestían, todo me entusiasmó. Sobre todo esa informalidad en comparación con otras vidas más ordenadas”.

Iturria no habla de artistas, sino de pintores. Él se siente así y disfruta de lo que ello implica: la “inexistencia” de la corbata, los horarios flexibles, no ser empleado de nadie. “Acá mando yo y eso es algo que siempre me pareció genial. No quiere decir que no sea eficiente, pero si el lunes quiero dormir toda la mañana y quedarme toda la noche pintando está todo bien. Es la mejor manera de hacer las cosas”, asegura. Al parecer, la formula le resultó. Con un estilo propio (“podrán ponerle un título, pero inevitablemente soy yo”), es un referente del arte contemporáneo uruguayo y uno de los que alcanzó mayor proyección internacional. Sus obras se han exhibido en América Central y del Sur, Estados Unidos, Canadá, Europa y Japón. En 1995 representó a Uruguay en la XLVI Bienal de Venecia y en 2001 recibió el Premio Figari. Pasó largas temporadas en destinos tan disímiles como Cadaqués, El Salvador y Miami.

Esquivo a las reuniones sociales, prefiere la soledad de su taller, donde cada día se encuentra con sus lienzos, sus pomos de pintura, sus pinceles, los objetos y juguetes que lo inspiran. “La opción de pintar significa la consagración íntegra, el día entero. Si mirás a Torres (García) era pintor en absolutamente todo. Esta es una decisión de vida, una decisión vocacional parecida a la de un cura, sabes que hay una cantidad de cosas que no vas a poder hacer”.

ENERGÍA. “Ensoñación“, “arrebato“, “incertidumbre“, “todo tiene cara”, “el orden sensible”, son algunas de las expresiones y frases que en despareja cursiva acompañan a Iturria desde las paredes de su taller, en el fondo de su casa de Carrasco. “Son palabras claves para mí, cosas personales que marcan mi esencia”. Allí pasa buena parte de su día, de su vida.

 

 

Está convencido de que para crear “siempre hay que estar aislado”. Una vez en su estudio, se olvida del resto del mundo (“me olvido hasta de mí, me aliviano totalmente”) y se relaciona mentalmente con los pintores, su familia y sus sentimientos.

 

No todos los días son iguales. Están aquellos en que sus brazos “corren más largos”. Son jornadas para aprovechar. Hay otros en que llega al taller “cargado de nervios”. Esos son para “arrebatar la tela, pintar y pintar”. Lentamente, se va calmando. “A medida que la obra avanza me siento mejor. Cuando termino estoy cansado pero sereno, ya me puedo ir a dormir”.

 

La energía del artista se nota en cada pincelada, en cada dibujo, en la elección de cada objeto, todos ellos pasos que hacen que las obras de Iturria conformen un complejo universo. Aparecen enormes armarios y seres humanos mínimos, sofás con forma de elefante, piletas de cocina, aviones, gauchos y jugadores de fútbol. Hombre reflexivo y dueño de teorías varias, asegura que cada persona tiene tan solo tres minutos de lucidez por día. “Siempre pienso que esos tres minutos no me agarren en una conferencia, que me agarren pintando”.

 

CUARTITO. Cuando Ignacio conoció a Claudia Piñón, su mujer desde hace más de 30 años, ya sabía que quería pintar. Los primeros diez años de relación los pasó encerrado en un “cuartito” en el fondo de la casa de sus suegros, que antes había sido galpón de herramientas. “Empezamos con ese tipo de relación, ellos adentro estudiando, mirando tele, y yo en el fondo. Siempre es así, estoy, pero en el cuartito”.

 

Los primeros recuerdos de esa soledad creativa, por llamarla de algún modo, se remontan a cuando era pequeño, en la casa de sus padres, sus “grandes formadores”, él emigrante vasco y ella profesora de historia. “A los tres años ya tenía ganas de estar en un cuarto, solo, planteándome un juego, que en ese momento era con una radio”.

 

Es el mayor de seis hermanos (cinco varones y una mujer), por lo que el juego en solitario con el tiempo comenzó a escasear. Se dice familiero, pero a su manera. “Los tengo a todos presentes, están permanentemente en mi cabeza, pero nos vemos poco”. Cuando fue el momento de las grandes muestras en el exterior, varios de sus hermanos colaboraron con él. “La muestra del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires (1998) la preparé toda allá, había que pintar fondos, armar cosas, fue una aventura entre todos”. Luego, se fue reencontrando con cada uno de ellos en distintas etapas. “Con cada uno de mis hermanos tuve un momento de cercanía”.

 

Algo similar sucede con sus cuatro hijos, todos vinculados al arte. “Nacho”, el mayor, es músico; Catalina vive en Cadaqués y es diseñadora; María Antonia es fotógrafa, hace joyería y ayuda a su padre en Montevideo; y Sebastián, el menor, está estudiando cine. Para cualquiera de ellos Cadaqués es una especie de segundo hogar, donde en algún momento de sus vidas se instalaron por cortas o largas estadías.

 

Justamente, Cadaqués es otra página de la historia de Iturria. Llegó a ese pueblo-balneario catalán casi caído sobre el Mediterráneo en 1977, recién casado y en barco -”iba cargado de turistas, pero también de tupas”-. “En el camino que nos llevó hasta allí tenía un montón de curvas. Cuando apareció el pueblo blanco, allá abajo, frente al mar, no sabés… Todavía guardo esa imagen, la luz que salía de ese pozo inesperado. Sentí que ese era el lugar”. Y lo fue. Allí vendió su primer cuadro una tardecita de invierno mientras pintaba en la terraza de “su piso” con los vidrios empañados. Se lo compró un vecino, que no regateó y pagó 7.500 pesetas, unos pocos cientos de dólares de hoy y equivalentes a un mes de alquiler en aquel momento. Hubo festejo con amigos en un restaurante de pescado.

 

PROYECTOS. Desde hace algunos días, Iturria cambió la Coca-Cola por la limonada. Se está cuidando un poco más. Es parte de una etapa más distendida y reflexiva de su vida. Si nunca sintió la presión de la venta, hoy mucho menos. “Ahora no vengo con expectativas, no vengo a pintar un cuadro, vengo a pintar”, dice.

 

Cuando sus cuadros se volvieron un medio de “subsistencia” para su familia, Iturria se lo tomó como “un juego” del que aprendió mucho. “Todavía no sé qué miran las personas cuando ven una obra. A veces quisiste puntualizar una cosa y pasa desapercibida… Yo trabajo sin mucha premeditación, es un lenguaje muy espontáneo”.

 

Hace ya algunos años que sus trabajos viajan por el mundo de forma independiente. Atrás quedó la época de la galería Praxis, que lo comercializó durante más de 25 años, cuando para un uruguayo vender un cuadro no era la regla. “La historia se disparó a partir de los años `80, pasó lo mismo con los futbolistas, con los tenistas… a mí me vino bárbaro la ola. Me tocó y fue genial”. Hoy, un cuadro de 1,90 por 1,50 ronda los 60 mil dólares.

 

Fanático de sus raíces y de explorar los universos de cada artista que se cruzaba en su camino, Iturria siempre mantuvo el contacto con sus colegas. A veces lo hizo con los más jóvenes, otras con “los mayores”, como le gusta llamar a Nelson Ramos, Manuel Espínola Gómez, Edgardo Ribeiro, Jorge Damiani y Hugo Longa. “Antes siempre andaba con mayores, se reían de mis actitudes, les causaba gracia”.

 

Con las nuevas generaciones se cruza en Casablanca, el centro cultural que creó en el mismo terreno de su casa y al que llega con sólo caminar unos pasos atravesando el jardín. Además, tiene planes de armar una “colonia artística” en el campo que tiene en Rosario (Colonia), una idea que surgió después de una muestra itinerante por el Interior del país. Con un régimen “tipo claustro”, artistas de distintas disciplinas convivirían 45 días sin contacto con el exterior. “Al irse tendrían que poder tomar la decisión de seguir por el camino del arte o no”. También está en marcha la Fundación Ignacio Iturria, que funcionará en Carrasco y que ya tiene un grupo de gente interesada en sumarse. “Está todo unido”, explica Iturria, “Casablanca fue el inicio, ahora viene la Fundación y la Colonia, todo va a ir generando cosas, fomentando el arte”.

 

Aunque se siente entusiasmado, es evidente que esa parte del arte no es la que más lo seduce. Admite, con una sonrisa, que fue su familia la que lo metió en esto. “Para mí es un cuesta arriba, pero siento que tengo que hacerlo”, explica. Y enseguida hace la distinción entre pintar y trabajar. “Trabajo es lo que hacés a contramano. Yo de lo que tengo ganas es de pintar y que no me jorobe nadie”.

 

SUS COSAS

Sus objetos

Entre las decenas de juguetes que habitan en su taller, se destacan los soldaditos de plomo, que también son omnipresentes en su obra. “Los compré en México, donde todavía se hacen de forma artesanal”, dice.

 

Su cuadro

“Un solo cuadro en la cancha” se titula la obra que hoy está en la sede del Club Nacional de Football y que lleva su firma. También pintó una pieza para el “Loco” Abreu y un delantal con el “Chengue” Morales como protagonista.

 

Su lugar

Con Cadaqués (España) fue amor a primera vista. Allí pintó mares azules y fue forjando su propio lenguaje pictórico. También vendió su primer cuadro y se agrandó la familia. Hoy, mantiene el vínculo a través de una galería que gestiona su hija Catalina y su yerno Juan Risso.

 

Su formación

Iturria recuerda su casa paterna a través de una imagen nítida: “Estaba llena de libros”. Los ejemplares se amontonaban formando pilastras por todos los rincones. Antes de dedicarse de lleno a la pintura y las bellas artes, estudió ilustración y diseño gráfico. Hoy, tiene dos propuestas -una en Uruguay y otra en Venezuela- para hacer una retrospectiva de su obra.

[IGNACIO ITURRIA.jpg]   That\'s where the key was

 

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